Una hija o un
hijo duele muchísimo. Si eres su madre o su padre quieres que ni lo toque el aire.
Y un día lo escuchas decir que no quiere vivir y que se quiere ir.
Y su desesperación se convierte en la tuya y quieres salvarlo, pero no sabes qué hacer.
Vas a urgencias, o a su médico y crees que ahí acaba el martirio.
Crees que ahí se acabó tu pena, pero qué vá, ahí es justo donde empieza...
A veces inexplicablemente no se activa un protocolo de suicidio y le recetan pastillas y vuelta a casa.
Y ahora ya quieres irte tú también. No lo haces por no dejarlo a su suerte, pero no por falta de ganas.
Y llamas a un sitio, y a otro...
y ahí no es, ni allí tampoco.
A veces les falta decir que te lo vuelvas a meter en el útero (perdón por la dureza, pero es así).
Y sigues sin saber qué tienes que hacer, ni qué decir.
Lo que sí sé es que yo no voy a parar hasta que no se informe y se les de a las familias el camino a seguir en este tema tan duro.
Y quien dice hijo, dice pareja, hermano, familiar, amigo, o cualquier persona que quieras mucho