Su vida era una
colección de días perdidos.
No lo supo hasta bien tarde. Estaba tan dentro de su espiral de rutinas y miedos que no notó como le traspasaba el tiempo.
Pensó en dejarse, que no es otra cosa que dejarse morir. Pensó que ya todo había acabado y que su vida no había
merecido la pena.
Miraba a los demás, como a veces nosotros miramos a los indigentes que duermen un día frio y lluvioso en un portal.
Con una extraña sensación de querer ayudarlos, pero al minuto se nos pasa.
El los miraba así porque pensaba: y si ellos también están coleccionando días perdidos y no lo saben?, cómo les explico que los días no vuelven? cómo les enseño que hora que pasa ya no la volvemos a vivir?
Y llegaba a su casa y todo era un asco. Se dió cuenta de que se sabía toda la teoría, pero nada de la práctica.
Y de pronto pensó, y si dejo de pensar tanto y empiezo a vivir lo poco o lo mucho que me quede? Quien sabe, la rueda de la vida siempre está girando, total, que más me dá.
Y eso hizo. Esta es la historia verdadera de un alumno que mucha dificultad se empeñó en ser psicólogo.
Ahora ya no vive en España. Hoy me ha llamado y nos hemos visto. Parece su propio hijo de lo joven y vital que está.
Le va muy bien.
Al acabar he llorado, no de pena, de alegría. Cuando le puse la banda el día de la graduación hace 5 años. Se la puse con todas las ganas posibles. Era
el que más lo necesitaba.
Siempre me llama porque dice que siempre creí en él.
Y siempre le digo: y ves como no me equivoqué? Ahora él tiene otra vida. Es feliz y hace feliz.
Como a mí hoy